Isla Mauricio
Fecha: 28/11/2006Cuando emprendes tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. (C.P. Cavafís, Ítaca)
Nunca sabremos lo que pensó el navegante portugués Pedro de Mascarenhas cuando desde uno de los barcos de su flota divisó la terra ignota: una isla africana perdida en el Índico occidental.
Era el año 1507 y aquel avezado explorador ya se había dejado seducir por las costas del norte de África y Mozambique.
Pedro de Mascarenhas avistó Mauricio cuando se dirigía a la India, después descubrió la isla y tomó posesión de ella. La llamó Cerne.
Tampoco sabremos nunca si aquel término acuñado por Pedro de Mascarenhas aludía en buen portugués a algo tan sólido y fuerte como un roble, o por el contrario, quiso referirse al vocablo latino circen, que quiere decir círculo.
Seis años más tarde volvería a aquellas aguas turquesas del Índico para descubrir otras islas: Reunión, Rodrigues y Cargados. Pero me atrevo a asegurar que el descubrimiento de aquellas islas nunca fue superado por el primero, por Cerne, por su círculo sólido y fuerte de palmeras, pájaros y arena. En la actualidad aún se mantiene el nombre de Mascareñas para referirse a este conjunto de islas.
El intrépido navegante acabó sus días como Gobernador de la India, aunque la añoranza de la magnífica visión del mar le hizo embarcarse en una nueva expedición a Túnez, al término de la cual falleció, veintiocho años después de haber descubierto la isla Mauricio, su primera Ítaca.
Los comerciantes árabes ya la conocían en el siglo X, pero nunca quisieron instalarse allí. La isla les debía parecer salvaje como la abundante vegetación que moría justo en el mismo límite de la playa.
Fue a lo largo del tiempo amada y repudiada por los portugueses, los holandeses (otro navegante, el almirante Wybrant van Warwyck la bautizó como isla Mauricio en honor a su soberano, el príncipe Mauricio de Orange, Conde de Nassau), los franceses (que la llamaron Isla de Francia), siendo finalmente guarida de corsarios, quienes la reclamaron para el Imperio Británico en la segunda mitad del siglo dieciocho y volvieron a rebautizarla como isla de plata, quizá por los botines enterrados en sus blancas arenas.
Es evidente que los viajes son también y sobre todo viajes interiores. Y es imposible pensar que las obras literarias de los grandes escritores no se han visto influidas por sus periplos alrededor del mundo y allende los mares.
En su apasionante viaje por el ecuador desde Vancouver hasta la Ciudad del Cabo, es muy probable que Mark Twain escribiera en su cuaderno ideas para próximos relatos.
Apoyado en la baranda del barco que habría de llevarle a la isla de los mil nombres, isla Mauricio, dejó frases tan reveladoras como éstas: “Si por mi fuera navegaría hasta el infinito y jamás volvería a pisar tierra firme. Nada hay comparable a la serenidad del mar”.
Muy posiblemente, Mark Twain durante la travesía, se habría familiarizado con una novela de Bernardin de Saint Pierre: Paul et Virginie, publicada por primera vez en París en 1784 y que era y sigue siendo la leyenda oficial de la isla.
El naufragio del barco Saint Géran, inspira esta novela romántica, en donde sus dos protagonistas serán víctimas de los amores trágicos e imposibles.
Su autor, Bernardin de Saint Pierre, infatigable viajero, fue el último amigo de Rousseau, con quien compartió, en una época de frio racionalismo, un temperamento inquieto, un romanticismo anticipado y el amor a la naturaleza salvaje.
Imbuido sin duda por el libro de Saint Pierre, un best sellers de la época, Mark Twain ya debía amar Mauricio.
Nada más desembarcar en Port Louis, la capital, expresó que “éste es un lindo paisaje de domingo” y cuando recorrió los 1.865 kilómetros cuadrados que tiene la isla y se dejó embargar por el perfume de la caña de azúcar y el canto de las palmeras, dejó escrito que “Mauricio juega con las superficies de nuestras honduras espirituales”.
Hay mucho de la isla en su obra “Diario de Adán y Eva”, hay mucho de “este espléndido nuevo mundo”, del paraíso: “Dios creó primero Mauricio y después el cielo” llegó a decir. Hay hasta un Dodo.
El Dodo es el emblema de la isla. Parece extraño pensar que allí continúen añorando a un animal cuya extinción se remonta al tiempo en que los holandeses ocupaban la isla.
Lewis Carroll también sintió fascinación por este ave de semblante melancólico, destinado a surcar el cielo pero incapaz de volar y le hizo su particular homenaje en el capítulo tres de “Alicia el País de las Maravillas”.
Otro tanto debió pasarle al gran naturalista Charles Darwin, que pasó allí diez días en 1836 con la fragata Beagle y expresó su deseo de “pasar la vida en tan pacífico retiro”.
El viaje que Charles Darwin inició a bordo del Beagle en 1831 cambió su vida y la historia de las Ciencias Naturales. La ruta, en principio iba a durar dos años, pero el periplo se prolongó hasta cinco.
En su cuaderno de viaje, el naturalista tomó las notas definitivas que le iban a llevar a desarrollar la famosa teoría de la evolución de las especies, y que constituyó una verdadera revolución en el mundo de la ciencia.
Su percepción del mundo cambió y se sintió fascinado por todo aquello que contemplaba. Hasta diseñó una curiosa sonda rematada en una plomada para investigar la composición, forma y profundidad de los arrecifes de coral.
Muchos escritores han calificado a Mauritius como el paraíso en la tierra. Baudelaire dijo, sesenta años antes que Mark Twain llegara a la isla que era “un país cálido y azul, paraíso de perfumes y bendecido por el sol”.
Cuando era joven y conflictivo (el escritor nunca dejó de serlo del todo), los padres de Baudelaire le embarcaron en el paquebote Mares del Sur en una travesía que habría de llevarle a Calcuta y durar dieciocho meses. El barco tuvo que hacer frente a una violenta tempestad y recaló en Isla Mauricio. Allí el joven Baudelaire conoció a una señora casada y escribió su primer poema: “A una dama criolla”, en el jardín de Pamplemousses (el término procede de la palabra holandesa “pompelmoes”, que significa pomelo).
Embriagado por el perfume del jardín y por la belleza de aquella bella criolla, escribe versos tan bellos como estos:
En un país perfumado que el sol acaricia, he conocido bajo una bóveda de árboles teñido de púrpura, y de palmeras de donde llueve en los ojos la pereza, a una dama criolla de encantos ignorados.
Cuando regresa a Francia desde la isla Reunión, escribe “El Albatros”y sus primeros poemas inspirados en el Caribe. Ya no quiere ser nada más que escritor.
Otro de los escritores que se vieron cautivados por la isla fue Józef Teodor Konrad Korzeniowski de Nałęcz, más conocido por su pseudónimo Joseph Conrad.
En 1910 escribiría su cuento cuyo escenario fue Mauricio: “La sonrisa de la fortuna”. Es un relato basado en sus propias experiencias personales, donde un hombre llamado Jacobus pierde la cabeza por una domadora de circo que llega a una isla lejana.
En esta historia, Jacobus, será protagonista de conversaciones del tedio tropical, y caerá en la abyección (palabra del genuino vocabulario de Conrad), pero existirá un beso que deshará el hechizo. Joseph Conrad no fue enterrado, como Stevenson (al que los samoanos llamaban Tusitala, que significa contador de historias) en la cima del monte Vaea desde donde se domina una amplia panorámica sobre el Pacífico. Creo que para su desgracia, su cuerpo reposa en el cementerio de Canterbury. En su lápida (por cierto, en la piedra su nombre tiene tres errores) se encuentran inscritos unos versos de Edmund Spenser:
El sueño tras el esfuerzo, tras la tempestad el puerto… el reposo tras la guerra, la muerte tras la vida harto complacen.
La isla ha dado varios autores nativos como Malcolm de Chazal, un hombre singular y escritor misterioso.
Al principio él mismo se costeaba sus ediciones de autor en pequeñas imprentas de Port Louis, la capital de Mauricio, en tirajes de cien ejemplares.
Los tres primeros libros fueron ensayos económicos en los que atacó duramente los métodos de la industria azucarera en Mauricio, para disgusto de su familia.
Escribe también varios libros de aforismos “Pensées”, donde podemos leer: “El futuro está delante de nosotros; el pasado, detrás, pero a los lados ¿qué clase de tiempo se encuentra?
El presidente de Senegal, Léopold Sédar Senghor, le nominó al Nobel de Literatura por considerarlo un escritor-pintor “africano” que celebraba “la refulgencia oceánica y las intensidades tropicales” de la parte del mundo que ambos compartían.
“Me han preguntado, dijo en una ocasión, por qué no me mudo a Francia. He viajado por Estados Unidos, por el mundo, pero me quedo en Mauricio. La razón es simple. En París, los franceses no podrían comprenderme sino a medias, mientras que en Mauricio nadie me comprende en absoluto y soy libre.
Robert Edward Hart fue otro de los autores que tuvieron gran influencia en Mauricio, sobre todo entre los hindúes. Este escritor, amante de la pintura y la música (tocaba razonablemente bien el violín) escribió sus “Poèmes védiques” y muchos artículos periodísticos
Edouard Maunick es por antonomasia el poeta mestizo, como la isla Mauricio, donde nació. Canta a su isla natal aunque la abandonara por París. Su obra incluye unos veinte libros, entre los que destacan Ensoleillé vif [alegre vivo], Paroles pour solder la mer [Palabras para sacrificar el mar] y Toi laminaire [Tú, alga]. Escribía en un idioma bastardo, como él lo definía, en francés pero sometido al ritmo del criollo.
Loys Masson es otro de los escritores nativos de la isla. Escribió en lengua francesa. Sin duda influida por la plácida calma de la isla, sus obras manifiestan un deseo de comunión con la naturaleza y de fraternidad universal.
Pero ya se sabe que los paraísos dejan de serlo cuando te instalas en ellos y se contagian de forma inexplicable de la rutina de la existencia.
Los únicos paraísos que no se agotan son los paraísos interiores y la memoria de los recuerdos.
A lo mejor, por este motivo, los escritores han dejado en la evocación de sus relatos su personal visión de los paraísos.
Dicen que la belleza está en los ojos que la contemplan, y es por este motivo que Isla Mauricio a veces nos será el paraíso del que tanto se nos ha hablado.
Todo dependerá de los ojos del corazón y de lo abiertas que tengamos las ventanas del alma.
Lo que sí es Isla Mauricio es algo que tuvimos y perdimos hace muchos miles de años: la Babel en la Tierra. Pero una Babel, modelo de convivencia y entendimiento, diferente de aquella otra bíblica de la confusión.
En la Isla viven asiáticos, africanos y europeos y aunque no hablen una lengua común, parece que practiquen un mismo idioma.
La isla sufrió epidemias y abandonos, pero siempre supo resurgir de sus cenizas. Los habitantes de Port Louis, que huían de la epidemia de malaria declarada a fines del siglo XIX, dejaron como herencia algunas de las mejores casas coloniales construidas en madera.
Poco se imaginaba Bernardin de Saint Pierre que en los jardines de la Biblioteca Pública de Curepipe (Su nombre procede de cuando, después de comer, los franceses se dedicaban a limpiar su pipa ("cure-pipe"), sus protagonistas, Paul y Virginie iban a ser inmortales en bronce.
No es extraño que escritores de todas las épocas se hayan sentido atraídos por la isla.
Además de sus esqueletos de coral, de sus aguas turquesas, de sus peces de colores, la flora más variada se da cita entre sus enrevesados caminos, y los viejos árboles tropicales y las, palmeras, conviven con la hortensias y los nenúfares.
Existen cataratas en medio de cráteres extinguidos, improvisados altares callejeros, más de ochenta y siete formas religiosas distintas y mercados y bazares donde hay fragancias de especias y de incienso, pagodas, mezquitas, iglesias, montañas con extrañas piedras equilibristas en sus cimas, tierra de siete colores, jardines con nombre de pomelo y con olor a canela, clavo y nuez moscada, antiguas fortalezas coloniales, insólitas palmeras que sólo florecen cada cuarenta o sesenta años y que mueren después de la floración, bellos estanques con nenúfares gigantes cuyos pétalos cambian de color por las noches y vastos campos de caña de azúcar en la lontananza del horizonte azul, olorosas maderas tropicales, grandes y viejas tortugas de más de trescientos años, lugares antiguos y mágicos donde los corsarios repartían su botín y en los alrededores más de veinte islas con evocadores nombres de animales como ciervos y serpientes.
También existe un lago volcánico donde los hindúes, se sienten comunicados a través de sus aguas con la India y el sagrado y lejano río Ganges.
A veces es cierto que el sol desaparece por unos momentos e incluso la lluvia descarga paisajes de agua sobre la isla, pero así es mejor. Cuando llueve los monos parecen sombras en la espesura o la reencarnación de algún dios. Entonces se dice que Shiva llora.
En Mauricio el azul no es un color es un pensamiento del aire y del agua.
Eso debieron pensar Baudelaire, Twain, Conrad, Darwin y Bernardin de Saint Pierre la primera vez que vieron Mauricio desde el barco.
Eso debió pensar el navegante Pedro de Mascarenhas cuando aquel color sin adjetivos se posó ya para siempre en sus pupilas.
Oyó el esperanzador grito de “tierra a la vista”, y aunque tomó posesión de la isla, realmente aquel trozo del mundo perdido en el Índico, fue el que se adueñó de su corazón.
DIARIO VIAJERO
SUMARIO 376
En este número no te pierdas las islas del Mediterráneo: Chipre, Corfú, Mikonos, Cerdeña...Tampoco el corazón de "Made in Italy", Milán o Iguazú, el gran espectáculo del agua en Brazil. Además Seychelles, el archipiélago de los sueños.
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