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La ruta por los Campos del Vino de Zaragoza

Fecha: 28/08/2008 Carlos Pascual
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La provincia maña llama “Campos” a tres de sus comarcas: a los Campos de Cariñena, Borja y Daroca les une, además de la proximidad y la añoranza del agua, la abundancia del vino. También una historia común, mestiza, especialmente por su rico patrimonio mudéjar.

Daroca es, sin duda, la de mayor peso histórico y riqueza monumental. Acoplada entre dos cerros separados por una rambla (convertida en calle mayor), es una de las ciudades medievales mejor conservadas de España; mantiene intacto su anillo de murallas y torres, con dos puertas principales (Alta y Baja), además de su planta y buena parte de su carnadura. La fundaron yemeníes en los primeros envites de la invasión árabe (siglo VIII) y tal pujanza adquirió Daruqa como centro mercantil, después de ser recobrada por los cristianos, que el Pontífice Benedicto XIII (el cismático Papa Luna) encargó al arquitecto Mahoma Rami (un portento) que levantara allí su residencia principal, la llamada Casa de los Luna, hacia 1411.

Antes, un milagro asombroso, de aquellos que enviaba el cielo para acelerar la Reconquista, había dado fama a Daroca: como prólogo de una batalla entre moros y cristianos, cerca de Valencia, estos últimos dijeron su misa de campaña y las hostias consagradas, al parecer, mancharon de sangre real los santos corporales; con aquel guiño celestial la escabechina de moros quedó asegurada. Y Daroca, que se hizo con los paños milagrosos, se convertía en lugar de peregrinaje. La colegiata (el Papa Luna le otorgó ese título), empezada en románico humilde, se llegó a convertir en una filigrana gótica, con aderezos renacentistas y barrocos. Un Museo Colegial, en la antigua sacristía, reúne parte de la inmensa riqueza, artística y material, acumulada a lo largo de siglos de devoción y fervor.

Llegó a tener Daroca veinte iglesias, seis conventos y decenas de palacios. Mantuvo una morería en la parte baja y una judería en la alta, a los pies del castillo. Era la tercera aljama de Aragón en riqueza y vecindario, dedicado éste mayormente a los oficios de sastre y zapatero. Una Guía de Juderías editada por la Diputación da cuenta de ésta y otras próximas. En el Museo Comarcal, junto a la iglesia mudéjar de Santo Domingo, pueden verse tablas góticas de artistas locales criptojudíos, es decir, que mantenían en secreto su linaje y su fe, una vez decretada la expulsión. Otro aspecto muy importante es la música. Del siglo XV al XVIII contó la colegiata con capilla de música, bien surtida de libros, partituras y maestros de capilla, como el organista Pablo Bruna, conocido como "el ciego de Daroca". En su honor comenzaron a organizar un Festival de Música Antigua dos musicólogos entusiastas, Pedro Calahorra y el organista José Luis González Uriol. El festival alcanza este año su 30ª edición con toda pompa y circunstancia. ¿Y qué hay del vino? Pues por tierras de Daroca, más bien poco. Se hace un vino honesto, pero escaso y sin etiqueta de origen. Ahora se empiezan a mover las cosas, hay una bodega joven en Murero (a 6 kilómetros) que está empezando a recibir premios y parabienes.

Una excursión aconsejable, hacia el sur, nos lleva a la laguna de Gallocanta, la mayor de España después de la Janda: siete kilómetros de largo, aunque no pasa de los dos metros de hondura. Allí se llegan a juntar entre cincuenta y sesenta mil aves migratorias, grullas sobre todo. Hay un pequeño Museo de las Aves. Cerca, en el Berrueco, pueden verse restos arqueológicos con su centro de interpretación, El Castellar. Y no hay que perderse el soberbio retablo gótico de Aneto, muy cerca también. Partiendo de Daroca en dirección norte, la iglesia de Mainar asoma su imponente mole; es uno de los mejores ejemplos del cordón de iglesias-fortaleza que separaba los reinos de Castilla y Aragón, y que va de Daroca a Calatayud.

Luego llegamos a Paniza, y estamos ya en el Campo de Cariñena; también Paniza tiene iglesia mudéjar (y otra más en la contigua Encinacorba) y una necrópolis romana, la de Carles, que de momento no se visita. Fue cuna de algunos paisanos ilustres, entre ellos María Moliner, la del diccionario. Y veremos que todo alrededor, como un océano calmo, son crestas y crestas de viñedos. Diez millones de cepas para alumbrar el vino más linajudo de Aragón, y el más elogiado por los clásicos que entendían del asunto, de Lope de Vega a Zorrilla. Puede que haya viñas desde tiempos de un latifundista romano llamado Caro, o Carinius (de ahí el nombre de su finca o fundus, Cariñena).

La Denominación de Origen ampara a 54 bodegas, que trabajan sobre todo la uva garnacha; varias de estas bodegas proponen un paquete turístico que incluye visita guiada, degustación y un menú concertado (grupos). En otra bodega se encuentra el Museo del Vino. La población, que históricamente creció a la sombra de Daroca, no recibió título de ciudad hasta 1909. Eso a pesar de que lucía una señora colegiata, con torre mudéjar, y algún que otro palacio, como el que es ahora Ayuntamiento. Una de sus iglesias, la del Cristo, pudo ser la antigua sinagoga. Poco queda del recinto amurallado (Torreón de las Monjas), por donde ahora se extiende el Paseo del Vino, escenario de unas Fiestas de la Vendimia que no dejan a Baco desairado.

El Campo de Borja queda más al norte y a poniente. La Bursao romana que luego alumbró a la familia más célebre que hemos dado a la historia universal, la de los Borja o Borgia, con título de ciudad desde 1438, muy poco conserva del pasado; su castillo es apenas un teso mondo, cercado de casuchas que se deslían como terrones. Hay que buscar sus glorias en el Museo Arqueológico (en la antigua parroquia de San Miguel) o en la espléndida colegiata y su museo (instalado en el hospital renacentista de Sancti Spiritus); el templo se inició en ladrillo mudéjar, pero estilos posteriores desdibujaron su look inicial. Rebuscando mucho, se encuentra alguna casa ilustre, como la de las Conchas o la de los Angulo. Uno de los edificios más antiguos es el museo Baltasar González, con restos góticos y destinado a exposiciones; también la antigua iglesia de los Dominicos ha sido convertida en Auditorio, al lado del recuperado Teatro Cervantes.

Campo de Borja es también una Denominación de Origen, con 18 bodegas repartidas por varios municipios. Curiosamente, el correspondiente Museo del Vino, aunque no está lejos (a 15 kilómetros de Borja), se encuentra en otra comarca, dentro del becqueriano monasterio de Veruela; desde allí se articula la llamada Ruta de la garnacha. Más cerca, a un paso como quien dice, está Ainzón, sede del Consejo Regulador y cuyas bodegas (que aceptan visitas) elaboran un cava llamado Bordejé (en honor del arquitecto Miguel Ángel Bordejé). La misma carretera nos lleva a Bureta, donde acaban de restaurar el palacio de los condes de Bureta; una condesa de este linaje fue heroína en los Sitios de Zaragoza; han dispuesto además una preciosa casa rural. Los campos del vino maños tienen, como se ve, muchos secretos por descubrir.

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