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Castillos y cuevas

Fecha: 27/06/2006 Alonso Ibarrola
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El paso del tiempo y la Revolución, con guillotina incluida, hicieron que las cosas cambiaran. Ahora, los dueños de los castillos y palacios, para poder sostenerlos, los muestran y los ofrecen como alojamiento. Signo de los tiempos. Con las cuevas, que en esta región llaman “trogloditas”, ha sucedido algo diferente. Son las clases burguesas, ejecutivos, intelectuales y artistas los que han puesto de moda rehabilitarlas y vivir en ellas… los fines de semana.

En el Loira Atlántico resulta normal que un marqués nos reciba en mangas de camisa, nos salude en castellano y se ponga a hablar de vinos españoles. Nos ocurrió en el Castillo de Brissac, en el Val de Loira, cerca de Saumur. Vive en el castillo todo el año con su esposa y tres hijos en edad escolar. El Castillo de Brissac es una espléndida construcción medieval del siglo XV al que le quedan dos torres de aquella época. En la actualidad pertenece al decimotercer Duque de Brissac. Su hijo mayor, Charles André, Marqués de Brissac, fue quien nos guió en la visita por los salones. Desde sus ventanales, la vista panorámica del parque no tiene fin. A este parque le cruza el río Aubance y suelen elevarse numerosos globos de recreo en un festival de mucho colorido. En uno de los salones, el marqués nos mostró fotografías de algunos personajes que se han alojado allí: Sofía Loren, Paulo Coelho, Jeremy Irons, Roger Moore o Gérard Dépardieu, que tiene también cerca su mansión.
En Champigné, en la ruta que va de la Val a Angers, se encuentra el Castillo de Briottieres, que más bien es un magnífico palacio sin torres. Lo atiende personalmente François de Valbray, un enamorado de su tierra, de su mansión, de sus vinos y de sus caballos. El castillo está rodeado de un hermoso parque cuyos límites no se vislumbran. Él atiende a los huéspedes y habita en la mansión junto a su esposa, Heehewige, y sus cuatro niños. El castillo, que dispone de diez suntuosas habitaciones, está siempre reservado durante la celebración del Gran Prix de Le Mans (a 70 kilómetros) por un acaudalado estadounidense que se presenta invariablemente con sus amigos.
La última plaza fuerte de Anjou
Muy cerca está también el Castillo de Vaulogé, regentado y dirigido por Marisa Radini, que habla cuatro idiomas, entre ellos el castellano. Además de sus fascinantes salones y habitaciones para los huéspedes, dispone de dos capillas, un molino y hasta de una prisión. Eran otros tiempos. Ahora Marisa Radini vive sola con su servicio doméstico, y sus cuatro hijos la llaman desde diversos lugares del orbe. Ella nos confesaba que se siente feliz en su castillo, charlando con sus invitados, a los que jamás considera “clientes”.
Un castillo maravilloso que no admite huéspedes, pero que sí se puede visitar, es el de Montreuil-Bellay, cercano a Saumur y a la Bahía de Fontevraud. Desde lo alto de sus trece torres y las almenas la vista de la campiña es impresionante. Fue este castillo el último de las 32 plazas fuertes amuralladas de Anjou en la Edad Media. En su interior, espléndidos salones suntuosamente amueblados y, sobre todo, las escaleras, 18 en total. Es famosa la llamada “escalera de honor”, construida con dos clases de piedra diferentes, amarillas y blancas. La Duquesa de Longueville, que vivió exiliada en el castillo durante dos años con su pequeña corte y que, al parecer, se aburría mucho, las subía montada a caballo. Cuentan que para descender tenían que vendar los ojos al caballo.
Viviendas excavadas en la roca
Ya en Rochemenier, próxima a Saumur, se puede conocer la otra cara de la vida de los franceses en otros tiempos, no tan lejanos porque los últimos habitantes de las cuevas trogloditas las abandonaron a principios del siglo XX. La palabra “troglodita” no tiene gran significado en nuestro idioma, como se lo hice ver a Víctor Leray, responsable de este curioso “museo”. Para nosotros, los españoles, habituados a las cuevas granadinas y almerienses, el término “troglodita” nos trae invariablemente a la memoria a Los Picapiedra. En las granjas trogloditas de Rochemenier, que se inauguraron en el año 1967, los objetos expuestos explican la vida de esos últimos moradores.
A lo largo del cauce del Loira resulta frecuente observar en las rocas socavadas por el discurrir de las aguas casas-cavernas de las que sólo la fachada es obra del hombre. La diferencia entre estas construcciones y las cuevas “trogloditas” estriba en que las primeras se excavaban en rocas sedimentarias, provenientes de la sedimentación marina de la Era Secundaria, mientras que las cuevas de Rochemenier surgen del “falun”, rocas del Terciario. Todas ellas son fáciles de ser trabajadas. Se calcula que ya en el siglo VII, en plena llanura, los campesinos excavaban hasta obtener un profundo hoyo. Después lo horadaban en horizontal para obtener las viviendas y anexos. Como la arena de la roca servía de abono para los campos, los granjeros la vendían y con su beneficio reembolsaban la compra del terreno y los gastos de la mano de obra.
La vivienda así obtenida resultaba más barata que las construidas en superficie. Además, protegía a los animales de la granja de los lobos, que en esta región proliferaban, y por ello hay muchos pueblos que ostentan denominaciones formadas con la palabra “lobo” –en francés, “loup”–, como Louresse, Lourre… Y aparte de lobos, también estaba el peligro humano en forma de guerras y persecuciones. En resumen, que los “picapiedras” franceses hallaron una forma de vida lejos del ruido y de los fastos de los castillos.

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