El nuevo París. Mayo de 2008 en la Ciudad de la Luz
Fecha: 13/05/2008Según tradición no escrita, cada presidente francés deja en la capital su legado para la posteridad. Abrió fuego Georges Pompidou con el Centro que lleva su nombre; Giscard apadrinó el Quai d’Orsay; Mitterrand se empleó a fondo: Biblioteca Nacional, Pirámide del Louvre…; Jacques Chirac ligó su empeño al Museo Branly. París posee una dinámica propia que la hace estar siempre a la vanguardia. Lo último: La Ciudad del Diseño y de la Moda, que abre esta misma primavera, 40 años después del Mayo francés.
Hay formas de seducir tan efímeras como la vida misma: un perfume, un nudo de sabores o sensaciones, una música nostálgica, un crujido de hojas grises sobre los muelles del Sena. Pero otras están hechas para durar; son el disco duro de la ciudad, donde se registran las emociones. El esqueleto y la carne amasados en piedra, acero y cristal. La arquitectura de París es siempre un reclamo de primer orden; mucho más cuando el plano urbano es un inquieto escaparate de apuestas y tendencias. Un repaso al catálogo de nuevas (o renovadas) tentaciones estructurales podría empezar en el barrio de La Défense, ese Manhattan un poco alocado que nació bajo la idea de prolongar la perspectiva de los Campos Elíseos, doblando el Arc de Triomphe, napoleónico y masculino, con otra Grande Arche visible desde el Louvre, y por debajo de la cual se puede colar una avioneta. La Défense sigue creciendo, según un plan que llega a 2015; para el 2012 está prevista la inauguración de una Tour-Phare llamada a convertirse en icono. Pero el vanguardismo de sus rascacielos y los adornos de esculturas coloristas (como la de Miró) no redimen un pecado original: se concibió como cancha de negocios, y eso es lo que es, un barrio que se apaga cada tarde al cerrarse las últimas oficinas; algo que se trata de evitar en el extremo opuesto de París, con dos proyectos colosales: el nuevo barrio de Bercy y la operación Rive Gauche. La carrera modernista de la urbe tuvo su prólogo en el delirio urbanístico de Haussmann (el arquitecto de Napoleón III) y en las estructuras levantadas para las seis Exposiciones Universales que llegó a albergar la capital; la de 1899 dejó lo que sería el icono indiscutible de París, la Torre Eiffel. Junto a ella, a escasos metros, acaba de abrirse lo más novedoso y discutido: el Museo del Quai Branly. Extraño nombre. Iba a llamarse Museo de las Artes Primitivas, pero eso era ofensivo, así que se cambió primitivas por “primeras”. Seguía siendo incorrecto, así que se quedó con el nombre del muelle (quai) al que se asoma. El centro no es sólo un empeño personal de Chirac, como se ha dicho, sino fruto de la cohabitation política entre Chirac y Jospin, que trataron al museo como un asunto de Estado. Hubo un concurso internacional; lo ganó Jean Nouvel, y se llevó a término el proyecto en el plazo récord de seis años. El museo hereda los fondos del antiguo Musée de l’Homme (en Trocadero) y del Musée des Arts d’Afrique et d’Océanie, y proyecta una mirada sobre el arte de África, Asia, América y Oceanía; un arte más exquisito de lo que la vanidad europea suponía. El museo cautiva, es hermoso como construcción y ejemplar como pieza urbana, rodeado por unos jardines orientales el doble de extensos de los que se exigía en el concurso de ideas. No se da prioridad a ninguna cultura. El cuerpo principal, con unos cubos de colores sobresaliendo de la fachada, aloja unos 4.000 objetos en la exposición permanente (el Louvre expone 35.000), más aquellos que se exhiban en exposiciones temporales. No es, pues, una almoneda sino un “museo de última generación”, vivo, dinámico, con aulas escolares, cine, biblioteca, mediateca y teatro-auditorio (cuya pared trasera es un telón de la fi rma japonesa Issey Miyake, de manera que se pueda correr y dejar a los presentes inmersos en el jardín). Las proyecciones, conferencias, danzas y espectáculos en vivo forman parte del contenido museístico. No han faltado reparos. Para algunos resulta un tanto sombrío por dentro (el suelo es de asfalto negro). Pero la acusación más severa es que el museo trasluce en exceso la personalidad de Nouvel. Él ha diseñado y decidido todo, hasta el último detalle, hasta los tenedores o floreros del restaurante Les Ombres, alojado bajo el techo de cristal. Se ve que ha sido su obra mimada, y para muchos éste es “el museo Nouvel”. Enfrente, al otro lado del río, en Trocadero, se alza la colina de los museos, ya que fue ocupada por el Palacio Chaillot (fruto de las Exposiciones de 1878 y 1937), dentro del cual se alojaban el Musée de l’Homme y la Cinématèque; el primero ha vertido sus fondos en el Quai Branly, la filmoteca se ha trasladado a Bercy, y el lugar de ambos lo ocupa ahora la Cité de l’Architecture. Un museo concebido bajo la idea de que también la arquitectura (como la pintura o la escultura) es digna de ser mostrada y estudiada en un recinto. Su apertura se ha realizado en tres fases; en la última, el pasado otoño, Sarkozy reunía a diez de los mejores arquitectos del mundo para presentar la colección permanente. Ésta consiste en un repertorio de los mejores trozos de arquitectura francesa, desde portadas románicas enteras a proyectos vanguardistas; todo en reproducciones clónicas. Pegados a esta cité imaginaire (que diría Malraux) están el Palais de Tokyo (arte moderno) y el Museo Guimet (arte asiático), ambos remodelados recientemente.
En el puro centro del plano parisino hay un puñado de museos y edificios también de actualidad. L’Orangerie, en las Tullerías, recién remodelada, comparte fondos impresionistas con el Musée d’Orsay, al otro lado del río, en una estación de ferrocarril. La pirámide de cristal de entrada al Louvre (1989), de Ieoh Ming Pei, es ya un icono consagrado (y más después de El código da Vinci). En una de las alas que la envuelve, la que da a la rue Rivoli, el Museo de Artes Decorativas ha sido casi rehecho, e inaugurado el pasado año: esencial para amantes del diseño, ya que se ofrece de manera coherente y didáctica la obra de creadores, todavía vivos, en pequeños módulos.
Tras luengos años de cirugía, el Petit Palais y el Grand Palais (de la Expo de 1900) abrían de nuevo en 2005. Algo más alejado, el Centro Pompidou acaba de celebrar su 30 aniversario; Georges Pompidou lo encargó a Renzo Piano en 1977. Entonces fue casi un escándalo (tubos y tripas de cristal impúdicos) y ahora, la verdad, se ve un poco artifi cioso, por no decir trasnochado; el tiempo no le ha sentado bien. Pero tanto el Centro como el Forum des Halles gozan de envidiable vitalidad y son territorio comanche para los jóvenes.
Pasando de puntillas por otras novedades relativas (como la Ópera de la Bastilla), llegamos al extremo oriental de París, donde dos proyectos colosales redibujan el Sena: en la orilla derecha, el barrio de Bercy es ya una realidad; enfrente, en la margen izquierda, el plan bautizado París, rive gauche progresa a buen ritmo. Bercy era puerto fluvial y, con las reformas de Haussman, se convirtió en un fielato vallado donde se almacenaba el vino en chais (bodegas) protegidas por la sombra de plátanos, arces y castaños. A partir de los 60 se pensó en renovarlo. Se hicieron proyectos para que albergara la Expo de 1989 y luego los Juegos Olímpicos de 1992; París perdió ambas cosas, pero ganó un barrio diseñado por medio centenar de arquitectos y estructurado en torno a un parque con viejos árboles guardianes.
Frente al parque se extiende el núcleo de Bercy, babel de restaurantes étnicos, y varios edificios antológicos: el Ministerio de Economía y Finanzas, en forma de puente, el Palais Omnisport (polideportivo cuyas paredes son praderas cubiertas de césped, en forma de pirámide truncada) y la nueva Cinémathèque o filmoteca. Nueva relativamente, ya que ocupa desde hace poco más de un año el edificio diseñado en 1989 por Frank Gehry como American Center; quebró la sociedad propietaria y se aposentó en el inmueble la filmoteca, con tres salas de exhibición, más otra para niños, un museo del cine, restaurante…
Pero lo más simpático y llamativo es el Bercy Village. En los antiguos chais del vino, todos iguales, se han instalado tiendas, restaurantes y terrazas, creando un espacio único en París, algo así como el south bank de Londres, pero en cartesiano. La mouvance pop (así se dice “movida” en francés) cuenta además, al final de la calle entoldada o Cour St. Emilion, con un complejo de cristal que aloja Cine-Cité, con 18 cines.
Esta orilla está conectada con la opuesta a través del puente número 37 y último, la grácil pasarela Simone de Beauvoir, diseñada por Dietmar Feichtinger. Ésta conduce a la rive gauche, donde París lleva a cabo su última remodelación. Se trata de recuperar todo el barrio en torno a la Gare d’Austerlitz, que era un espacio perdido, ocupado por raíles y almacenes astrosos. En realidad, todo empezó con la creación del Instituto del Mundo Árabe, de Jean Nouvel (1987); en 1991 se aprobó el proyecto definitivo, que finalizará en 2015.
Hito esencial fue la Biblioteca Nacional, que Dominique Perrault inició en 1992 para el faraón Miterrand. Luego se fueron enterrando vías, ganando espacios; sólo se han respetado elementos nobles, como antiguas fábricas o molinos, edificios emblemáticos del París suburbial que quedan integrados en un barrio joven, racional y ecológico. En él cohabitarán 15.000 vecinos y 30.000 estudiantes de alquiler, en casas provistas de patios y jardines, más una ola diaria de 60.000 empleados. Tres puertos urbanos (Austerlitz, La Gare y Tolbiac) completarán la animación que ya han traído la piscina flotante y high-tech Josephine-Baker, abierta el pasado año, y algunos peniches fondeados en los muelles que son restaurantes y discotecas de moda (Batofar, Blues Café…). Telón de fondo, de un verde eléctrico, será la Cité du Design et de la Mode, que asoma al río y se quiere inaugurar en las próximas semanas.
Anatomía, historia y metafísica de París
Pavillon de l’Arsenal, 21 bd. Morland. Martes a sábado, 10.30 a 18.30; domingos, 11 a 19 horas. Entrada libre. 00 33 1 42 7 633 97 y www.pavillonarsenal.com
El Pavillon de l’Arsenal alberga un centro de información, documentación y exposición sobre el urbanismo y la arquitectura de París. Ocupa tres niveles: en el bajo, en torno a la mayor maqueta de la ciudad, se exhibe una exposición permanente sobre el crecimiento urbano de la urbe. El primer piso está reservado a exposiciones temporales, y el segundo nivel, a concursos y proyectos de arquitectura y urbanismo, o consultas a los ciudadanos. Lo curioso de París es que el trazado de sus calles no ha variado, los nuevos edifi cios se insertan en él de forma armoniosa. Hoy, un 10 por ciento del espacio urbano está siendo objeto de renovación y creación de barrios (unas 940 hectáreas en total). El núcleo metropolitano ocupa sólo 105 kilómetros cuadrados, y ahí se apiñan 2.153.000 vecinos de 200 nacionalidades; otra cosa es la conurbación del “Gran París” y la Región Ilede- France, con 11 millones de almas. Entre los proyectos ahora sometidos a la opinión del público sobresalen la Tour-Phare de La Défense (2012) y la Fundación Louis Vuitton (2010).
SUMARIO 376
En este número no te pierdas las islas del Mediterráneo: Chipre, Corfú, Mikonos, Cerdeña...Tampoco el corazón de "Made in Italy", Milán o Iguazú, el gran espectáculo del agua en Brazil. Además Seychelles, el archipiélago de los sueños.
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