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Las abadías del Loira

Fecha: 27/06/2006 Alonso Ibarrola
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Siempre fue el Loira tierra de abadías y prioratos y, por supuesto, de monjes. Algunos trabajaban la tierra, otros fabricaban elixires maravillosos y digestivos, más tarde comercializados. Pero todos rezaban, y todos lo hacían cantando.

En todo el mundo occidental son famosos los cantos gregorianos de la Abadía de Solesmes, quizás la abadía benedictina más prestigiosa de la Cristiandad. Su origen se remonta al siglo XI y, como todos los monasterios, tuvo un origen modesto. Ni los ingleses, que la arrasaron, ni la Revolución Francesa ni el moderno laicismo han podido con este reducto del que sólo se muestra al público la iglesia, abierta diariamente al culto. No hay en la vida cosas tan emotivas como asistir a la misa de diez de la mañana o a las vísperas de las cinco de la tarde, sentarse en los bancos de madera y escuchar durante 45 minutos canto gregoriano en estado puro. Además, una estudiada coreografía ayuda a experimentar una emoción que aturde: hábitos blancos y negros se entremezclan en un austero y grave ceremonial que roza lo místico.

Descubrimos que el padre Bosel, un monje estadounidense que habla estupendamente castellano pues vivió cuatro años en el Real Monasterio de El Escorial, conocía a un fraile español amigo mío y, quizás gracias a esto, nos permitió algo que está prohibido a los visitantes: fotografiar los jardines del claustro, donde los sesenta monjes que habitan la abadía meditan, pasean y se relajan.

La tumba de Ricardo “Corazón de León”
Resulta obligada la visita a la Abadía de Fontevraud, considerada uno de los complejos monásticos más grandes del Occidente cristiano. Lo creó en el año 1101 Robert d’Arbrissel con una particularidad: también podían ingresar mujeres y leprosos. Eso sí, cada uno con su grupo. Los Plantagenêts la eligieron como necrópolis real y hasta la llegada de la Revolución Francesa siempre estuvo regida por una abadesa. En total fueron doce. Tras la Revolución, asumida en Patrimonio Nacional, en 1790 Napoleón la transformó en una cárcel que podía acoger hasta 1.750 reclusos. Funcionó como tal hasta el 30 de septiembre de 1985, día en que se fue el último prisionero. Durante la Segunda Guerra Mundial fue prisión de numerosos miembros de la Resistencia y después de los colaboracionistas con los alemanes. Ahora, olvidado aquello y restaurada de manera maravillosa, la abadía nos invita a explorar mil años de historia. Además de su famosa cocina románica, fabricada aparte por aquello de los incendios, en la abadía se encuentran las tumbas yacentes de los reyes de la dinastía de los Plantagenêts: Enrique II, Ricardo Corazón de León, Leonor de Aquitania e Isabel de Angulema. Se dice que por el claustro y los corredores se pasea el fantasma de Leonor cuando los turistas se van. La llaman “la dama blanca”.

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