Noirmoutier
Fecha: 27/06/2006Elegimos la ruta que conduce a la Isla de Noirmoutier, que dejó de serlo cuando construyeron el espectacular puente que la une con tierra firme en Fromentine. Cuando baja la marea también es perceptible una carretera que la enlaza con Beavoir-sur-Mer.
Calculando las mareas, es posible su utilización. Si se llega tarde, una barrera impide el paso de peatones y coches. Tuvimos ocasión de observar la transformación de la bahía con marea alta y baja. Resulta impresionante el cambio de paisaje. A través de unos postes emergentes se adivina el recorrido de la carretera sumergida. Aseguran que los postes han sido la salvación de más de un despistado.
Noirmoutier-en-L’Ile (“monasterio negro”) es el refugio de los que quieren vivir alejados del mundanal ruido. Por algo el 65 por ciento de sus diez mil habitantes son jubilados. Su planificación urbanística impide todo desmán inmobiliario. Todas las casas son de una sola planta, pintadas de blanco y azul, los colores de la isla. No se permite más construcción y las salinas son respetadas en sus primitivos perímetros. Los habitantes en activo viven de la sal, del cultivo de sus famosas patatas y de la pesca –especialmente crustáceos, ostras y mejillones–. Se calcula que en verano la población llega a los cien mil habitantes. Abandonamos la isla por el puente y, al llegar a Fromentine, unos rótulos anuncian los horarios de los barcos que hacen la travesía a la encantadora Isla de Yeu. Entre los turistas siempre hay viejos nostálgicos del mariscal Pétain, fallecido nonagenario en la prisión de la isla, que acuden a visitar la tumba del viejo militar.
Preciosas villas balnearias en la costa
Desde Fromentine a Saint Nazaire, por la costa, el viaje es impresionante con la visión de las marismas, repletas en algunos puntos de redes fijas que los pescadores mantienen y utilizan para la pesca de lucios, carpas, percas y anguilas.
Pornic es una preciosa localidad costera que recuerda mucho a los pueblos ingleses de Cornualles. Está repleta de balnearios y talasoterapias, pues se ha convertido en un centro de moda.
Después nos aguarda el río Loira, inmenso en su desembocadura. Para atravesarlo se ha construido un moderno y espectacular puente que nos conduce a Saint Nazaire, la ciudad que fue casi destruida por la aviación aliada durante la Segunda Guerra Mundial, ya que en su puerto las tropas alemanas construyeron una gran base para albergar sus submarinos, que resistió todos los bombardeos. Fue el último reducto alemán que capituló en tierras francesas. Ocurrió el 11 de mayo de 1945, el mismo día en que oficialmente finalizó la Segunda Guerra Mundial. Vien- do sus enormes paredes, no cabe duda de que podrían haber resistido hasta hoy día. La urbe, ante el coste de su destrucción años después de acabada la guerra, decidió conservarla y convertirla en el Museo L’Escale Atlantique, dedicado al mundo de los transatlánticos. Merece la pena la visita, pues resulta curiosa.
La playa más famosa de la región
También se pueden visitar los astilleros donde se siguen construyendo grandes transatlánticos. Fue en 1964 cuando se construyó el primero, bautizado como Emperatriz Eugenia, en homenaje a Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III. El último gran buque construido en Saint Nazaire, botado en diciembre de 2003, fue el Queen Mary II.
Abandonando Saint Nazaire y llegando a la costa nos espera un pueblecito encantador, St. Marc-sur- Mer. En una barandilla, oteando la playa, un curioso personaje –el director y actor francés Jacques Tati– aparece reproducido en bronce y con su vestimenta de Mr. Hulot durante sus vacaciones en esta localidad.
A partir de aquí, la costa se convierte en playa, siendo la Baule la más famosa de la región y de Francia, siempre en competencia con Deauville y Biarritz. Luego las playas dejan de serlo y se transforman en la denominada “Costa salvaje”, escenario de tantos naufragios. Desde la Baule hacia el interior pronto se llega a una deliciosa ciudad, Guerande.
Salinas y marismas
Guerande –cuyo nombre bretón es “Gwenrann”–, la querida ciudad de los Duques de Bretaña, es un pequeño museo dentro de sus cuidadas murallas. Sus callejuelas adoquinadas aparecen salpicadas de comercios modernos, tiendas antiguas y locales de artesanía curiosa, como un taller de caligrafía y un museo de muñecas. La ciudad medieval fortificada atrajo a escritores como Zola, Apollinaire y Balzac.
Guerande se sitúa en medio de dos paisajes de contrastes: el país blanco, el de la sal y de las salinas; y el país negro, el de la Turba y el del Parque Natural Regional de Brière. A partir del siglo XVI, Guerande dejó de ser un importante puerto marítimo, puesto que las arenas invadieron los puertos y el valor de la sal descendió. Pero, gracias al turismo, Guerande ha renacido. Resulta interesante recorrer las marismas de agua salada que el hombre ha creado y que están divididas formando un mosaico de cuencas separadas por taludes arcillosos y abastecidas de agua a través de canales. Se puede visitar una típica casa de los cultivadores de sal y también una cooperativa de fabricantes. La producción de sal y de moluscos son las principales actividades en estas marismas.
Dejando Guerande, enseguida se llega al Parque Natural Regional de Brière. Creado en 1970, se extiende sobre 49.000 hectáreas –el segundo de Francia en extensión– y de su equilibrio depende la protección de los territorios de agua dulce y de agua salada. Los viajeros podrán saber cómo vivían sus antiguos habitantes visitando la aldea de Kerhinet, admirablemente restaurada. En cada una de sus cabañas se desarrollan actividades artístico-culturales, gastronómicas y pedagógicas. También se brinda la posibilidad de pasear. Un paseo con una chalande, una barca manejada por los pescadores, nos hará recordar a Venecia. Es una manera romántica de poner el broche final a esta ruta fabulosa.
Y a la hora del balance de las emociones vividas, de las sensaciones experimentadas, surge inevitablemente el recuerdo del gran escritor francés Honorato de Balzac, que reflejó en su magistral obra La Comedia Humana estas tierras y sus ciudades de principios del siglo XIX. “Bien sabemos –escribió– que la Francia del siglo XIX está dividida en dos grandes zonas, la provincia y París”. Tenía toda la razón del mundo. Hoy día, en los inicios del siglo XXI, París sigue siendo París, pero la provincia francesa es una cosa bien distinta. La provincia que Balzac refleja en sus novelas es mediocre, cerrada, vulgar y monótona. Desapareció. Ahora las provincias desafían a París y acogen a los parisinos hartos de la gran metrópoli que engulle y estresa. Aquí encuentran la paz.
SUMARIO 376
En este número no te pierdas las islas del Mediterráneo: Chipre, Corfú, Mikonos, Cerdeña...Tampoco el corazón de "Made in Italy", Milán o Iguazú, el gran espectáculo del agua en Brazil. Además Seychelles, el archipiélago de los sueños.
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